Del 4% al 30%: el gran reto del tren de mercancías en Catalunya

Hay una cifra que resume bien el problema. En 2024, Catalunya movió por ferrocarril unos 8 millones de toneladas de mercancías, lo que representa apenas un 4% de todo lo que se transporta por tierra. La media europea está en el 18%. Y el objetivo que se ha marcado la Unión Europea para 2030 es que el tren llegue al 30% en los trayectos de media y larga distancia.

Dicho de forma sencilla: casi todo lo que entra y sale de las naves, los polígonos y los puertos catalanes viaja en camión. El tren de mercancías es, desde hace décadas, la gran asignatura pendiente de la logística catalana. Este año, además, ha quedado claro lo frágil que es la red cuando algo falla. Repasamos dónde estamos, qué se está haciendo y qué pueden esperar las empresas en los próximos años.

tren de mercancías en Catalunya

Por qué el tren pesa tan poco

No hay una sola causa, sino una suma de ellas. La primera es la propia estructura de la red. El ferrocarril catalán es muy radial: casi todo pasa por el área de Barcelona, donde las líneas de mercancías comparten vías con Rodalies, que tienen prioridad. Un tren de mercancías que quiere cruzar el Vallès o el Baix Llobregat en hora punta lo tiene muy difícil para encontrar un hueco.

La segunda es el ancho de vía. Buena parte de la red sigue en ancho ibérico, mientras que Europa funciona con ancho estándar, lo que complica la continuidad de los servicios hacia Francia. El Corredor Mediterráneo debe resolverlo, pero lleva años de retraso.

La tercera tiene que ver con las terminales. Un tren solo es útil si hay un lugar bien situado donde cargar y descargar la mercancía y pasarla al camión para el último tramo. Catalunya tiene terminales, pero el propio Govern las considera insuficientes para alcanzar los objetivos y abaratar el transporte.

Y la cuarta es la flexibilidad del camión. Para trayectos cortos, el camión sigue siendo más rápido y más sencillo de gestionar. El tren gana en distancias largas, con volúmenes regulares y cuando la red funciona con fiabilidad. Esa última condición es justamente la que ha fallado este año.

2026: un año que ha puesto a prueba la red

La noche del 20 de enero, en pleno temporal, un muro de contención cayó sobre las vías entre Gelida y Sant Sadurní d’Anoia y un tren de la línea R4 chocó contra él. El accidente causó la muerte de un maquinista en prácticas y dejó decenas de heridos. Adif suspendió toda la circulación de Rodalies para revisar la red, y lo que empezó como una emergencia acabó convirtiéndose en una crisis ferroviaria de varios meses.

Aunque la atención pública se centró en los viajeros, las mercancías también la sufrieron. Una incidencia en el túnel de Rubí paralizó desde finales de enero la circulación de mercancías hacia Francia, afectando al Port de Barcelona y obligando a muchas empresas a pasarse a la carretera. En el sur, el Port de Tarragona dejó de mover entre 12.000 y 15.000 toneladas diarias de mercancía ferroviaria, con productos tan sensibles como cereales, químicos y siderúrgicos.

La recuperación ha sido lenta. Antes del temporal, la red de Rodalies operaba con unas 95 limitaciones temporales de velocidad; en el pico de la crisis llegaron a 216. En abril todavía quedaban 179, y el servicio funcionaba al 94% de las circulaciones previas.

Y las obras previstas también pesan. En agosto, los trabajos del Corredor Mediterráneo en la estación de Castellbisbal, el principal nodo ferroviario de mercancías de Catalunya, cortaron durante una semana el paso de los trenes procedentes de Tarragona hacia la frontera francesa y hacia la terminal de Can Tunis. Cerca de una treintena de trenes diarios se vieron afectados, y los operadores tuvieron que esperar, buscar rutas alternativas o volver al camión.

La lección para cualquier empresa es clara: una cadena logística que depende de una sola vía, sin alternativas, es una cadena vulnerable. Y eso vale tanto para el tren como para la carretera.

El plan: una red de terminales para los próximos diez años

La respuesta de la administración pasa por varios frentes. El más concreto es el plan de terminales ferroviarias estratégicas que prepara la Generalitat, con un horizonte de diez años, entre 2026 y 2036, y un presupuesto de 127 millones de euros. La idea es crear puntos donde los operadores puedan concentrar y redistribuir flujos de mercancías a escala supraregional e internacional.

No será un camino sin obstáculos. En el Baix Penedès, por ejemplo, el proyecto ya ha encontrado rechazo de quienes temen el impacto del paso de trenes por sus municipios. Es un debate que se repetirá: todo el mundo quiere menos camiones en la carretera, pero nadie quiere una terminal al lado de casa.

En paralelo, la iniciativa privada también se mueve. Transoci-Áreas está construyendo en Calaf una terminal que conectará su centro logístico con la red general de Adif y lo comunicará con Martorell, Madrid, Andalucía y Galicia. Es el primer proyecto ferroviario privado de nueva construcción en Catalunya en 30 años, y cuenta con financiación del ICF. Un buen ejemplo de que, cuando el volumen y la regularidad lo justifican, el tren sale a cuenta.

Corredores y nuevos ejes: lo que llegará después

La otra gran pieza son los corredores. La consellera de Territori, Sílvia Paneque, ha situado el final de las obras del Corredor Mediterráneo y del Corredor del Ebro en 2027. Cuando entren en servicio, el volumen de trenes de mercancías aumentará de forma notable en zonas como Tarragona, el Penedès y el Vallès.

Precisamente para evitar que todo ese tráfico acabe atascado en el área metropolitana, el Govern ha recuperado un proyecto que llevaba más de quince años en el cajón: el Eix Transversal Ferroviari, una línea mixta de pasajeros y mercancías de unos 250 kilómetros que conectaría Lleida y Girona sin pasar por Barcelona. Ifercat ya trabaja en el estudio previo. Es un proyecto a largo plazo, pero apunta en la dirección correcta: romper la radialidad de la red y dar alternativas a la Catalunya interior.

Todo ello se enmarca en la estrategia ferroviaria de Catalunya hasta 2050, aprobada a finales de 2025, que incluye el impulso del transporte de mercancías por tren y un programa de nuevas terminales intermodales, y en el Plan de servicios ferroviarios 2040 que el Govern presentó en junio de este año. Los planes están sobre la mesa. Lo que falta, como casi siempre, es concretar los plazos y la financiación.

Qué pueden hacer las empresas mientras tanto

Para una empresa que mueve mercancía desde o hacia Catalunya, el tren no tiene por qué ser una opción lejana. Hay algunas preguntas que vale la pena hacerse ya.

¿Hay flujos regulares de larga distancia, por ejemplo hacia el centro peninsular o hacia Europa, que podrían ir en tren? Cuanto más estable y voluminoso es el flujo, más sentido tiene estudiar la opción intermodal con un operador ferroviario o un transitario.

¿La ubicación de la nave facilita el acceso a una terminal? Cuando se busque un nuevo almacén, la cercanía a una terminal ferroviaria debería entrar en la lista de criterios, igual que el acceso a la autopista.

¿Existe un plan B si la vía se corta? La crisis de este año ha demostrado que la red puede quedar inoperativa durante semanas. Tener rutas y modos alternativos identificados de antemano marca la diferencia entre un retraso y una ruptura de suministro.

Un objetivo que exige constancia

Pasar del 4% al 30% no se consigue con un solo proyecto ni en una sola legislatura. Requiere vías que funcionen, terminales bien ubicadas, corredores terminados y, sobre todo, fiabilidad. Ninguna empresa confiará su mercancía al tren si no sabe con certeza cuándo va a llegar.

Catalunya tiene a su favor dos puertos potentes, una posición estratégica en el eje mediterráneo y un tejido industrial que genera grandes volúmenes. Tiene en contra una red que arrastra décadas de falta de inversión. Los próximos años, con los corredores a punto de completarse, serán decisivos para saber si el tren de mercancías deja por fin de ser una promesa.

Electrificar los muelles: qué es el OPS y qué cambia para navieras y cargadores en el Port de Barcelona

Un buque portacontenedores atracado en un muelle no está parado, aunque lo parezca. Mientras se carga y se descarga, sus motores auxiliares siguen funcionando para mantener la iluminación, la refrigeración de los contenedores frigoríficos, las bombas y los sistemas de a bordo. Lo mismo ocurre con un ferri durante las horas que pasa en puerto o con un crucero que se queda todo el día amarrado junto a la ciudad. Todo ese tiempo, el barco quema combustible y emite gases y ruido a pocos metros de los barrios.

La solución técnica existe desde hace años y tiene un nombre: OPS, siglas de Onshore Power Supply, o suministro eléctrico desde tierra. El Port de Barcelona es uno de los puertos europeos que más ha avanzado en su implantación, y este mes de septiembre ha dado un paso decisivo. Explicamos en qué consiste, cómo va el plan y por qué no es un asunto que solo interese a las navieras.

Qué es exactamente el OPS

La idea es tan simple como enchufar el barco a la red. Cuando el buque atraca, se conecta mediante un cable de alta capacidad a una instalación en el muelle que le suministra la electricidad que necesita. Así puede apagar sus motores auxiliares durante toda la escala.

Lo complicado no es el enchufe, sino todo lo que hay detrás. Los barcos consumen mucha energía, sobre todo los cruceros, y además funcionan con frecuencias y tensiones que no siempre coinciden con las de la red terrestre. Hacen falta convertidores, transformadores, cableado de media tensión hasta cada muelle y, sobre todo, una conexión potente a la red eléctrica general. Un puerto puede tener el mejor sistema OPS del mundo instalado en el muelle, pero si no le llega la potencia suficiente, no sirve de nada.

Los propios técnicos del puerto lo han explicado con un ejemplo muy gráfico: cuando diseñaron el OPS de la terminal de Grimaldi, en la zona solo disponían de 2,5 megavatios. Ese es el verdadero cuello de botella de la electrificación portuaria.

Nexigen: el plan del Port de Barcelona

El Port de Barcelona ordenó toda esta transformación bajo un plan llamado Nexigen, que prevé una inversión de más de 200 millones de euros. Su objetivo es llevar una red eléctrica inteligente de media tensión a todos los muelles para que los buques puedan conectarse durante el atraque, con electricidad de origen renovable certificado.

El plan avanza por fases. La primera ya está en marcha: el primer OPS del puerto se instaló en la terminal de contenedores Hutchison Ports BEST, y en marzo de 2025 entró en funcionamiento el de la terminal de ferris del muelle de Sant Bertran, operada por Grimaldi. En paralelo se desarrollan los sistemas para las terminales de cruceros de MSC y Royal Caribbean, en el muelle Adossat.

El calendario se completa con una visión a largo plazo. En la fase hasta 2030 el objetivo es ofrecer OPS en las terminales de cruceros, ferris y portacontenedores. Después llegarán las terminales de automóviles y, en último lugar, las de graneles líquidos y sólidos, con la meta de que todo el puerto esté electrificado antes de 2050.

La pieza clave: la subestación Port

La noticia de este mes tiene que ver precisamente con esa potencia que tanto hace falta. El puerto está en la recta final de las obras de la subestación eléctrica Port y prevé que entre en funcionamiento en el primer trimestre de 2027. En septiembre llegó al recinto portuario su transformador principal, de 80 MVA, una de las piezas más críticas de toda la infraestructura.

Esta subestación se conectará a la subestación Cerdà de Red Eléctrica mediante una canalización de alta tensión soterrada, y desde ella partirá la red de media tensión hacia los muelles. Una de esas líneas llevará la energía hasta el muelle Adossat, donde se concentran los cruceros y parte de los ferris. El puerto adjudicó esa obra por algo más de 12,1 millones de euros, con un plazo de ejecución de 23,5 meses.

Dicho de otra manera: hasta que la subestación esté operativa, el puerto puede electrificar muelles concretos con la potencia que tiene. A partir de 2027, podrá hacerlo a una escala completamente distinta.

Por qué ahora: lo que exige Europa

El calendario de Nexigen no es casual. La normativa europea ha convertido la electrificación de muelles en una obligación con fecha. El reglamento sobre infraestructura para combustibles alternativos, conocido como AFIR, exige que los principales puertos de la red transeuropea ofrezcan suministro eléctrico en tierra a los portacontenedores y buques de pasaje de gran tamaño a partir de 2030, cubriendo al menos el 90% de sus escalas.

Al mismo tiempo, el reglamento FuelEU Maritime obliga a esos mismos buques a conectarse al OPS cuando atraquen en esos puertos a partir de esa misma fecha, salvo excepciones. Es decir, la presión llega por los dos lados: el puerto tiene que ofrecer el servicio y el barco tiene que usarlo. Y desde 2024 el transporte marítimo ya está incluido en el mercado europeo de derechos de emisión, lo que pone precio a cada tonelada de CO₂ que se emite, también durante la estancia en puerto.

Qué cambia para navieras, terminales y cargadores

Para las navieras, el cambio es evidente. Los barcos que no estén preparados para conectarse tendrán que adaptarse, lo que implica inversiones a bordo. A cambio, ahorran combustible durante la escala y reducen su exposición a los costes de emisiones. Elegir puertos que ya ofrecen OPS deja de ser una cuestión de imagen para convertirse en una decisión económica.

Para las terminales, la electrificación se suma a otras transformaciones en marcha, como la automatización o la electrificación de la maquinaria de patio. Todo ello aumenta la demanda de energía y hace que el acceso a potencia eléctrica sea un activo estratégico.

Y para los cargadores, es decir, las empresas que mueven su mercancía a través del puerto, el efecto es más indirecto pero igual de real. Cada vez más grandes compradores exigen a sus proveedores datos sobre la huella de carbono de toda la cadena logística, incluido el tramo marítimo. Un puerto que reduce las emisiones de las escalas ayuda a que esas cifras mejoren sin que el cargador tenga que hacer nada. En un contexto de informes de sostenibilidad cada vez más exigentes, ese detalle pesa.

Un referente que se mira desde fuera

La experiencia de Barcelona ya tiene reconocimiento internacional. La PIANC, la asociación mundial de infraestructuras de transporte marítimo, incluyó el plan Nexigen en su guía de referencia para la implantación de OPS. Y este mismo mes, el presidente del puerto, José Alberto Carbonell, presentó la estrategia de electrificación en la Busan International Port Conference, en Corea del Sur, donde Barcelona se sumó a la Declaración de Busan 2026 junto a otros diez grandes puertos, con compromisos en digitalización, resiliencia y transición energética.

Más allá del reconocimiento, lo importante es lo que el proyecto enseña. Electrificar un puerto no es comprar unos equipos e instalarlos. Es un trabajo de años que obliga a coordinar a la autoridad portuaria, las terminales, las navieras y la compañía eléctrica, y que depende de algo tan básico como tener la potencia suficiente en el lugar adecuado. Barcelona lleva ventaja en ese camino, y 2027 será el año en que se compruebe si esa ventaja se traduce en muelles electrificados a gran escala.

Microhubs, cargobicis y reparto nocturno: cómo se reorganiza la última milla en Barcelona

Cualquiera que pase por el Eixample a media mañana lo ha visto: furgonetas en doble fila, repartidores con carretillas cruzando el chaflán y una bicicleta de carga esquivando a todos. La última milla, el tramo final que lleva un paquete desde el almacén hasta la puerta del cliente, es el eslabón más caro y más visible de toda la cadena logística. Y en una ciudad tan densa como Barcelona, también es el más complicado.

Septiembre es un buen momento para hablar de ello. Las empresas empiezan a preparar el último trimestre del año, con Black Friday y la campaña de Navidad a la vista, y es justo ahora cuando conviene revisar cómo se va a repartir. Este artículo repasa las herramientas que ya funcionan en la ciudad y lo que una empresa debería tener en cuenta para organizar su distribución urbana.

Por qué la última milla es el tramo más difícil

Mover un contenedor de Shanghái al Port de Barcelona cuesta menos, por unidad, que llevar ese mismo producto los últimos dos kilómetros hasta un piso de Gràcia. Parece una exageración, pero tiene explicación. En el tramo final se pierden las economías de escala: cada parada es una entrega distinta, en una dirección distinta, con un cliente que puede no estar en casa y una calle donde a veces no hay dónde parar.

A eso se suma el crecimiento del comercio electrónico. Según estimaciones del Foro Económico Mundial, la demanda de entregas urbanas de última milla crecerá un 78% hasta 2030, lo que supondría un 36% más de vehículos de reparto circulando por las cien principales ciudades del mundo. Si nada cambia en la forma de repartir, las calles simplemente no dan para más.

La base de todo: las plazas de carga y descarga

Antes de hablar de innovación conviene recordar que Barcelona tiene una de las redes de Distribución Urbana de Mercancías (DUM) más trabajadas de Europa. La ciudad dispone de unas 10.000 plazas reservadas para carga y descarga, la mayoría dentro del ámbito de estacionamiento regulado. En el Eixample, con su trama de chaflanes, casi cada cruce tiene una zona reservada.

El horario habitual de estas plazas es de 8.00 a 20.00 horas en días laborables, aunque algunas tienen horarios especiales indicados en la señalización. Su uso se controla mediante la aplicación SPRO, que sustituyó a la antigua areaDUM y que gestionan el Ayuntamiento, el Área Metropolitana y Barcelona Serveis Municipals. La app permite localizar plazas y validar el estacionamiento, y premia a los vehículos limpios: en Barcelona, los vehículos clasificados como cero emisiones disponen de 30 minutos adicionales.

Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. La digitalización de las zonas de carga y descarga ha dado a la ciudad datos reales sobre cuándo y dónde se reparte, algo imprescindible para diseñar cualquier política de logística urbana con criterio.

Microhubs: acercar el stock al cliente

La idea del microhub es sencilla. En lugar de que cada furgoneta salga cargada desde una nave del Vallès o del Baix Llobregat y entre en la ciudad para hacer veinte entregas, la mercancía se consolida en un pequeño espacio logístico dentro del propio tejido urbano. Desde allí, el reparto final se hace con vehículos ligeros, eléctricos o incluso a pie.

En Barcelona hay ejemplos que funcionan desde hace tiempo. Cargobici gestiona una red de microhubs repartidos estratégicamente por la ciudad, con almacenes multimarca, digitalizados y conectados mediante una app que permite gestionar pedidos y hacer el seguimiento de cada entrega. Desde esos puntos trabaja tanto en entregas a particulares como entre empresas, y se ha especializado en sectores exigentes como el canal HORECA o el farmacéutico.

Mucho antes, el propio Ayuntamiento ya había probado el modelo en Ciutat Vella con un piloto de microdistribución de mercancías. Los proveedores descargaban en una microplataforma a primera hora de la mañana y desde ahí la empresa Van a Pedal hacía el reparto en triciclos eléctricos. Aquella experiencia demostró que, en barrios de calles estrechas y con mucho tráfico peatonal, el vehículo no motorizado no es solo una opción más sostenible: muchas veces es la más rápida.

Cargobicis y vehículos ligeros: el vehículo adecuado para cada calle

La bicicleta de carga ha dejado de ser una curiosidad. Los modelos actuales, muchos con asistencia eléctrica, transportan volúmenes considerables y pueden circular y parar donde una furgoneta tendría problemas. En un casco antiguo o en una supermanzana, la diferencia en tiempo de entrega puede ser notable.

Eso no significa que la furgoneta vaya a desaparecer. La clave está en combinar vehículos según el tipo de entrega: furgonetas eléctricas para los pedidos voluminosos o las rutas más largas, cargobicis para el reparto denso en el centro, y repartidores a pie para las zonas peatonales. Lo que no tiene sentido es usar el mismo vehículo para todo.

Reparto nocturno y fuera de hora punta

Otra forma de ganar eficiencia es cambiar el momento del reparto. Entregar de noche o a primera hora, cuando las calles están vacías, reduce los tiempos de ruta y libera las zonas de carga y descarga para el resto del día. Funciona especialmente bien en la distribución a comercios, supermercados y restaurantes, que pueden recibir la mercancía antes de abrir.

El gran reto aquí es el ruido. Para que el reparto nocturno sea aceptado por los vecinos hacen falta vehículos silenciosos, equipos de descarga adaptados y conductores formados. La electrificación de las flotas juega a favor, porque elimina buena parte del problema.

Puntos de recogida y taquillas: menos entregas fallidas

Una de las grandes ineficiencias de la última milla es la entrega fallida: el repartidor llega, el cliente no está y el paquete vuelve a la furgoneta. Las taquillas inteligentes y los puntos de recogida en comercios de barrio resuelven buena parte de ese problema. El repartidor deja decenas de paquetes en una sola parada y es el cliente quien se acerca a recogerlos cuando le va bien.

Operadores como InPost han ampliado su capacidad en Barcelona en los últimos años, y la red de puntos de conveniencia sigue creciendo. Para las empresas que venden online, ofrecer esta opción en el proceso de compra ya no es un extra, sino algo que el cliente espera.

Qué debería revisar una empresa antes de la temporada alta

Con todo lo anterior, hay algunas preguntas que cualquier empresa con reparto urbano en Barcelona debería hacerse estas semanas.

La primera es si su flota encaja con las zonas donde reparte. Las restricciones a los vehículos más contaminantes dentro de la Zona de Bajas Emisiones son una realidad y los vehículos limpios tienen ventajas concretas, como el tiempo extra en las plazas DUM.

La segunda es si tiene sentido trabajar con un operador de microhub para una parte del volumen, sobre todo en los distritos más densos. Externalizar ese tramo puede salir más barato que mantener furgonetas propias dando vueltas buscando dónde parar.

La tercera es si los clientes tienen alternativas a la entrega en domicilio, como taquillas o puntos de recogida. Cada entrega fallida que se evita es dinero y tiempo que se ahorra.

Y la cuarta, quizá la más importante, es si la empresa mide bien su última milla: coste por entrega, porcentaje de entregas al primer intento, tiempo medio por parada. Sin esos datos es imposible saber qué mejorar.

Un problema de ciudad, no solo de empresas

La última milla no se resuelve solo con buena voluntad de los operadores. Necesita espacio urbano pensado para la logística: locales disponibles para microhubs, normativas que permitan el reparto fuera de hora punta y una gestión inteligente del bordillo, ese espacio de la calle donde se para, se carga y se descarga.

Barcelona tiene mucho camino recorrido y una experiencia que otras ciudades miran con interés. El reto ahora es que la colaboración entre administración, operadores logísticos y comercio siga avanzando al mismo ritmo que lo hacen los pedidos. Porque si algo está claro es que el volumen de entregas no va a bajar, y la ciudad tiene el mismo espacio que tenía hace cien años.

La otra campaña de Lleida: más de 800.000 toneladas de fruta que hay que mover

Los aforos de esta temporada dibujan una de las cosechas más abundantes de los últimos años en las comarcas leridanas. Detrás de cada cifra de producción hay una operación de frío, almacenaje y transporte que el sector agroalimentario da por descontada y de la que casi nunca se habla.

La campaña de recolección de la pera Conference arrancó la semana pasada en Lleida. Lo hizo, según explicó el director general de Afrucat, Manel Simon, en un mercado de peras que se encuentra parado. La patronal catalana de la fruta atribuye la situación a varios factores simultáneos: los precios muy bajos del melón y la sandía procedentes del sur de España, unas cotizaciones de melocotón y nectarina en niveles correctos para el consumidor y un verano de temperaturas elevadas en toda Europa que está desplazando la demanda hacia las frutas de agua, dejando más frenado el mercado de la pera.

Es la lectura comercial, que es la que ocupa los titulares cada agosto. Hay otra lectura posible, y es la que interesa a quien mueve la mercancía.

Los números de la temporada

Los aforos presentados este año describen una campaña de recuperación productiva en casi todos los frentes.

En fruta de hueso, las estimaciones presentadas en mayo durante el foro Interprunus sitúan la cosecha catalana de melocotón y nectarina en 422.870 toneladas, un 13,5% más que en 2025 y un 24% por encima de la media del periodo 2021-2025. La provincia de Lleida concentra prácticamente todo ese crecimiento: rozaría las 403.970 toneladas, un 14% más, con avances destacados en nectarina plana, nectarina redonda y melocotón plano.

En fruta de pepita, Afrucat presentó sus previsiones el pasado 24 de julio. La producción catalana de manzana alcanzará las 289.600 toneladas, un 9% más que el año anterior y un 12% por encima de la media del último quinquenio, lo que devuelve a Cataluña a su potencial productivo tras varios ejercicios marcados por las inclemencias meteorológicas. La pera va en dirección contraria: 101.500 toneladas, un 5% menos que en 2025 y un 4% por debajo de la media de cinco años, con las altas temperaturas de primavera y verano afectando al calibre.

La suma de los tres aforos supera las 800.000 toneladas. Y no es una cifra repartida a lo largo del año: se concentra en los meses centrales y finales del verano y en el arranque del otoño, con salida desde una zona productora muy delimitada. Conviene recordar la dimensión del origen: Cataluña concentra alrededor del 35-40% de la producción española de manzana y más de la mitad de la de pera.

El detalle que comprime la operación

Hay un dato de esta campaña que pasó relativamente desapercibido y que es, en el fondo, un problema de programación logística.

Afrucat ha constatado un adelanto significativo del calendario productivo: algunas variedades se sitúan alrededor de diez días por delante de las últimas cosechas y hasta veinte respecto al calendario tradicional de años anteriores. La asociación advierte de que esa evolución puede provocar una finalización más temprana de la campaña de verano y reducir la disponibilidad de fruta en su tramo final. El presidente del Comité de Fruta de Hueso de Afrucat, Jaume Lozano, ha señalado la necesidad de reforzar la programación comercial entre los distintos integrantes de la cadena para garantizar el suministro a los clientes.

Traducido al lenguaje de la operativa: el mismo volumen —o más— en menos días. Cuando una campaña se adelanta y se acorta, la presión no recae solo sobre los comercializadores. Recae sobre la capacidad de recolección, sobre las líneas de confección, sobre las cámaras y sobre la flota que tiene que sacar el producto en ventana. El pico se estrecha y se vuelve más alto.

El frío como amortiguador

Ese es precisamente el papel que juega la infraestructura frigorífica de las comarcas leridanas, y es la razón por la que la manzana y la pera se comportan de manera distinta al melocotón. El almacenamiento en frío permite estirar la comercialización de la fruta de pepita durante meses y desacoplar parcialmente el momento de la recolección del momento de la venta. La fruta de hueso no tiene ese margen: sale cuando sale.

De ahí que la coincidencia de esta campaña sea particularmente exigente. Un año de recuperación productiva en hueso, con Lleida absorbiendo casi todo el incremento, se solapa con el arranque de una campaña de pepita al alza en manzana y con un mercado de pera que empieza frenado. Más producto que colocar y menos ritmo de salida en uno de los segmentos.

Los costes, otra vez

El componente económico cierra el círculo y es donde el sector productor y el logístico comparten diagnóstico. Los productores de pera han advertido de que necesitan cotizaciones de entre un euro y 1,20 euros por kilo para poder afrontar el incremento de costes al que han tenido que hacer frente esta campaña, desde el gasóleo agrícola hasta la energía eléctrica, pasando por las mayores necesidades de agua de riego.

Son exactamente las mismas partidas que tensionan la cuenta de resultados de cualquier operador de transporte frigorífico: combustible y electricidad. Cuando el precio en origen está bajo presión, el margen para absorber el coste del frío y del transporte se estrecha en toda la cadena, no solo en la parcela.

Una campaña que también es una operación

La campaña de la fruta se cuenta cada verano en clave de precios, de calibres y de mercados europeos. Es legítimo: es la variable que determina la renta de miles de explotaciones. Pero mover más de 800.000 toneladas de producto perecedero desde una comarca del interior hacia los mercados de consumo, en una ventana que este año se ha estrechado, es también una de las operaciones logísticas de mayor volumen y menor tolerancia al error que se ejecutan en Cataluña.

Merece figurar en la conversación sectorial con nombre propio, y no solo como telón de fondo de la cotización semanal.